Desde la ventana podía observar el verdor del césped del jardín, las rosas que con todo el cariño se arreglaban cada mañana se mecían lentamente con la brisa. El sol acariciaba las copas de los árboles y bañaba de luz el interior de la habitación. Tenía la mirada perdida en los bordes de las montañas que dejaban entrever la profundidad de sus valles. Se sentía bien, olía a mojado tras una noche de lluvia, a fresco, a vida… Podía perder las horas observando los cambios de colores según avanzaba el día. De los rojizos y anaranjados del amanecer a los azules del cielo del mediodía. Nunca pensó que en aquel lugar pudiera encontrar la paz que tanto anheló tiempos atrás. Jamás creyó que el tiempo acabaría quitándole aquella agonía que le partió el alma.

Una mano cálida, fuerte y amigable se posó en su hombro.

– ¿Verne?

Al girar la cabeza despacio le vio allí, puntual como todos los días, con su bata blanca y su aspecto amigable. Extendía la manos… en ellas un vaso de plástico con agua y dos pastillas, roja y azul. Verne levantó la cabeza con esa mirada perdida que le hacía inconfundible en el entorno que le arropaba. Esperaba cada día con impaciencia el momento en que el enfermero le traía la posibilidad de seguir dentro de su mundo… de no poder regresar al que le sumió en la tristeza que aquel día le empañó el espejo donde se reflejaba.

– Gracias…

Esbozó una sonrisa y tragó con delicadeza cada una de las alas que la dejaban volar permanente en un lugar lejos del que todos consideran realidad.

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