Desde muy pequeña, Magec se asustaba con frecuencia, sobre todo si alguien desconocido por ella, visitaba su casa. Entonces corría a refugiarse detrás de la falda de su madre. Todos pensaban que era una niña muy tímida y asustadiza. Así creció, solitaria, sin querer jugar con los otros niños. Tendría unos tres años, cuando por carnavales, una amiga de la familia llegó a la casa con una careta puesta. Magec mostró mucha curiosidad, la máscara era del dios sol. Cosa extraña, se acercó despacio, la miró y se la puso, después corrió a mirarse a un espejo. La vieron contenta, pero ya no hubo forma de quitarle la careta. Sólo cuando estaba con sus padres o algún familiar, Magec se desprendía de ella. La llevaron a psicólogos, psiquiatras y un sin fin de doctores, pero ninguno logró con sus terapias, que la niña saliera a la calle sin su máscara. Al final los médicos la dejaron por imposible. La gente se acostumbró a verla pasar oculta tras la careta. En el colegio también la aceptaron de igual forma.   Ya convertida en una mujer y ante las suplicas constantes de sus familiares, una mañana Magec se quitó la máscara. Como en el cuento El loco de Khalil Gibran, el sol besó su rostro, y ella se sintió feliz con aquellos rayos que le daban calor a su cara. A partir de ese día no se volvió a poner la careta pero al salir a la calle tapaba sus hermosos ojos con una ancha cinta negra.   Y es que Magec nunca tuvo miedo, simplemente no le gustaban algunas cosas que veía a su alrededor. Ahora ya adulta, su carácter sensible no cambió, por ello seguirá con sus ojos tapados, en un vano intento de negarse a ver todo el dolor de este mundo.   PepiNubeAzul 12/8/10