Cuando se va a dormir deja paso a las estrellas. Es un intercambio natural, su luz por el brillo de ellas. Abre camino a esos destellos que sutilmente entran en tu habitación para colarse en tu cama. En determinadas ocasiones puedes hablarles y pedirles un favor. Las que pertenecen a las constelaciones son fáciles de llevar, se han criado juntas, saben de compartir, de amor y de respeto. Aquellas que resplandecen en soledad se vuelven engreídas y altivas, creo que es debido a que son hijas únicas.
La otra noche me acerqué a una porque sus guiños azules y blancos me dejaron embaucada. Pasé horas hablando con ella intentando convencerla de que bajara a tu almohada a iluminar tus sueños… ¿sabes lo complicado que fue? Al final acaban sucumbiendo, no pueden evitarlo, les mata la curiosidad por saber que se siente bajando a la tierra.
Cada uno de nosotros tiene una relación con las estrellas. Hay quien habla con ellas, hay quien no sabe que tiene una, hay quien con solo un guiño las hace caer creando las fugaces.
Les voy a contar un secreto. Para tenerlas de tu parte solo tienes que prometerles una cosa. Un pensamiento. Cada noche mueren estrellas porque no las pensamos, es algo así como cuando la nada se apoderaba de Fantasía en La Historia Interminable. No creer, no pensar, no ilusionarse es morir lentamente en la agonía de saber que la vida se escurre entre tus dedos como el agua de los arroyos.
Somos lo que pensamos dicen. Dedícale ese pensamiento a una estrella y verás los resultados, te lo aseguro.
Todo esto que te cuento hoy es un secreto entre tu y yo. No todo el mundo puede entender las relaciones personales con las estrellas.

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